domingo, marzo 05, 2006

Domingo

Hoy estuve releyendo La vida breve, de Onetti. Me gustó esta frase: “desperdiciado el domingo desilusionante”. Hoy es domingo. Los domingos son días sin expectativas, ya que uno sabe lo que viene después, el lunes, y qué se puede esperar de un lunes. El domingo es entonces onettianamente desilusionante y casi siempre lo único que se puede hacer es dejarlo pasar, es decir, desperdiciarlo. Busco un cuento que escribí hace años, que surgió de una conversación sobre Onetti con Marcelo. Él me decía que con solamente “El pozo” se podría armar un taller de escritura. Yo le dije que iba a escribir un cuento que podría salir de ese taller y se lo iba a mandar. Es éste. Se publicó acá. Esta página está abandonada hace rato pero ahí sigue boyando, barco fantasma. De ahí lo rescaté (y lo corregí un poco), porque no lo tenía guardado.

Tren

a Marcelo Garmendia

Son las nueve. Tengo que levantarme y simular que estoy de acuerdo con todo: con el colectivo, las escaleras del subte, el sol sobre la avenida Corrientes, los teléfonos, el encierro. Pero en algún momento voy a sentarme para escribir: la noche está toda volcada en las olas que golpean la arena. Diana duerme. Si yo pudiera dormir así, con esa cara impasible. Pero mis ojos son más grandes que la habitación, por eso salgo, al encuentro del sonido y del brillo de la luna sobre el mar.
Si Diana recordara como yo, no tendría tan inmóviles los párpados, ahora. Pero yo tengo que doblar el cuerpo, sentarme en la arena, agachar la cabeza y dejar de ver y oír, para traer a la chica del tren, la de años atrás, la de hoy, que me invade los ojos que ya no ven el agua negra.
Conozco esa cara, me digo cuando sube, tropezándose, al vagón. Tiene cara de perra o de loba, los dientes casi entreabriendo los labios apretados, la mandíbula fuerte y orgullosa.
Se desocupa el asiento de al lado, y lo ocupa con un -¿Cuántas faltan para Moreno?-, y no sé si se dirige a mí o al espacio que llena mi cuerpo, si le está hablando al cloqueo del tren. Elijo responder -Tres. Y después -Yo me bajo ahí. No elijo esa segunda oración, la sensación inmediata del ridículo. Ahora sí, me mira. No conozco esos ojos, no pude haberlos mirado y olvidarlos. No son de perro ni de lobo, son de algún animal que no puedo definir.
Por un rato nadie habla. De golpe me suelta las palabras en la cara: -¿Va a visitar a alguien? -No, vuelvo a mi casa- y así el resto del tiempo, poco, que tardamos en decir -Bueno, llegamos-, y estirar las piernas.
Bajo en la estación, ayudándola a no enredarse en la pollera. Que no está apurada, dice, que sí, sí tomaría algo fresco.
Le digo que me espere un momento, llamo a Diana, que hoy me tengo que quedar en Capital, que pensé que iba a poder ir, que nos vemos mañana.
Dos o tres horas pasan cerca nuestro, sin rozarnos. Después veo a un amigo, prefiero no contarle nada todavía. Voy rumiando una pena dulce, mientras me acerco a la estación.
Los jeans siguen mojándose, es mejor levantarse y caminar un poco. En el agua fría termino de disolver la boca ávida, el pelo negro, bailándole en la espalda cuando se iba, la sangre tiñendo las piedras, entre las vías (ella había dicho “la vida es una mierda” y mordió las sábanas). El cuerpo que ahora todos podían ver no tenía relación con el que me había mostrado antes. Éste era más agresivo en su quietud, más obsceno.
Diana duerme, me repito, como un conjuro. Quisiera compartir su sueño blando. O no, está tan acostumbrada a tenerme al lado que quizás una pierna inquieta esté buscándome en la cama.
Ya voy, Diana.
Y ella nunca me habló. Es cierto que miré la pollera, negándose a destrabar las piernas. Es cierto que pensé en un momento que iba a aullar, cuando miró hacia arriba. Porque no me miró a mí, porque le busqué los ojos y se movió más rápido, por eso no pude ver de qué eran esos ojos. Después la vi entre las vías, pero ya no era ningún animal.
-¿Llamaste al imprentero?- grazna mi jefa, desde su oficina.
-No- digo, mirando una vez más la noche extendida por mí como un mantel sobre el escritorio, el mar que se sacude, la luna, a la que ahora tapan algunas nubes.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Vero, yo acá, desperdiciando este domingo desilusionante, me parece que hoy, lo único movilizante a mi abúlica fantasía fue leer ese cuento tuyo.

Vero dijo...

Gracias, Silvia Sue.

Bardamu dijo...

Vero, los domingos son días onettianos. Pero yo me arriesgaría a afirmar que todos los días lo son. Sólo que en algunos nos es más facil engañarnos a nosotros mismos.
Gracias por el cuento. Saludos.

frank-h dijo...

Eh, gracias - buen cuento!

Vero dijo...

Qué melancólico, Bardamu. Un comentario propiamente onettiano. Gracias a ustedes, Dock, Bardamu, por los mimos.