domingo, mayo 19, 2013

Arar la arena

Publicar cualquier anotación en un blog es, a estas alturas, una perversión, una práctica desajustada. En la era de las redes, el blog pierde su anzuelo. Soporte otoñal, los lectores de blogs se deshojan. No es queja, sino constatación. Placentera, incluso, en un sentido o dos.

miércoles, mayo 01, 2013

Losa



Y es que soy como de piedra, soy como mi propia losa sepulcral, no hay resquicio alguno para la duda o la fe, para el amor o la repulsión, para el coraje o el miedo, en concreto o en general, solo vive una vaga esperanza, pero no mejor que las inscripciones de las losas sepulcrales. Casi ninguna de las palabras que escribo concuerda con la otra, oigo cómo las consonantes rozan unas contra otras con un ruido metálico y las vocales cantan como negros en la feria. Mis dudas se agrupan en círculo alrededor de cada una de las palabras, las veo antes que a la palabra, pero ¡qué va!, la palabra no la veo en absoluto, me la invento. Y esa no sería la mayor de las desdichas, solo que entonces tendría que inventar palabras capaces de aventar el olor a cadáver en una dirección tal que ese olor no nos diera enseguida en la cara a mí y al lector.

Franz Kafka, Diarios, entrada del 15 de diciembre de 1910

lunes, abril 29, 2013

Un animal impreciso

Hace un rato, mientras leía una vez más "Josefina la cantora o el pueblo de los ratones" y pensaba en el entramado de avances y retrocesos que tejen los argumentos ofrecidos para explicar el misterio de la voz de Josefina, me di cuenta de esto otro, que no había notado antes: si no fuese por el título del relato y por una "ratita" que se pone a chillar a la par de Josefina, no sabríamos a qué especie pertenecen Josefina y el narrador. Hay pistas: Josefina tiende a arrastrarse por el suelo y antes de cantar se yergue; mientras ella canta algunos hunden el hocico en el pellejo del vecino. Nada de esto es concluyente. Se habla repetidamente de "pueblo" -"este pueblo tan acostumbrado a la desgracia, nada indulgente consigo mismo, rápido en tomar decisiones, buen conocedor de la muerte, tan solo temeroso en apariencia"-, de "individuo", de niños incluso -para ellos, se dice, "no tenemos escuelas". Sin el título como faro y la atrevida ratita a la que hacen callar los congéneres estaríamos tan desorientados como con el insecto de "La metamorfosis".

lunes, abril 22, 2013

Creyente

Dijo Chantal Maillard: “Escribo para que el agua envenenada pueda beberse”. Y le creí.

domingo, abril 21, 2013

Dos vértices



-Soy Santiago -dije.
Y ella me dijo que sí con los ojos, que empezaron a ponerse ligeramente acuosos.
-Soy Santiago y no soy tu marido –dije y mi voz era como un recuerdo.
Y ella volvió a decir que sí y los ojos, tan buenos amigos míos, me lo confirmaron con dos pequeñísimas lágrimas que tal vez ella creyó no me resultarían visibles.
Se rehízo y habló, hablando cuatro palabras puras de corazón que acogí con el cariño de mi silencio, que era mi respuesta enternecida y prudente. Entonces, ella pudo mencionar el té.
Pero yo, claro está que por las lágrimas y no por el té que no era preciso agradecer, dije “Gracias” y muy pronto, como era conveniente, pude decir “Adiós, Laura” y todavía “Gracias, Laura”.
Y me fui con esa deseada tristeza de saber que, si yo la perdí, ella también me perdió.
En fin, que así es. Aunque en rigor de verdad no puedo decir que lo sea, pues no sé con certeza si este segundo episodio ha sucedido realmente.
Antonio Di Benedetto, El pentágono

Me gustó esta novela temprana de Di Benedetto, que no conocía. Hay algunos giros, frases, párrafos que avanzan algo de lo que vendrá y que más admiro en él: percepción hasta los huesos de las cosas y sucesos acompañada por el ademán poético que siempre parece natural, no forzado, como los movimientos de quien baila solo en la casa oscurecida. Este pasaje en particular quizá no sea buen ejemplo de esto que voy diciendo, pero lo recorté por su fuerza emotiva. También podría haber dicho acá Santiago, con la otra: “Mi cariño, Laura, es como el cariño de los tontos: mi cariño dura”.

domingo, abril 14, 2013

El músculo insolente

Un explorador portugués y melancólico en el continente negro intenta alejarse de la muerte de su esposa como si el dolor fuese un lugar. Aparecida en un paisaje que no conoció en vida ella emite una condena: “Por más distancias que recorras, por más días que pasen, de tu corazón no conseguirás escapar”. “Entonces moriré”, se resigna quien ha sido intrépido por desesperación. Y todavía el cocodrilo que le da fin seguirá al fantasma de la mujer.

La fábula está envuelta en una película dentro de otra: Tabu, de Miguel Gomes. Corre el film frente a la aquietada Pilar, bondadosa vecina de una anciana ludópata y paranoica, Aurora, que vive con una criada y es ignorada por su hija. La primera parte de Tabu, “Paraíso perdido”, se tiende en los hilos que unen a las tres solitarias mujeres. Es verdad que hay un hombre en la vida de Pilar pero más que acompañarla acentúa su soledad. Al final de esa primera parte encuentra a otro. Ventura develará el enigma de la juventud de Aurora. La segunda parte, “Paraíso” es íntegramente narrada por él. No hay diálogos directos, aunque sí un intercambio de cartas -la carta, esa forma de diálogo macerado en la escritura. Así nos enteramos de que como el explorador Aurora no ha podido escapar de su corazón, “el más insolente músculo de toda la anatomía”.
 

“The desires of the heart are as crooked as corkscrews”, escribió una vez W.H. Auden.

sábado, abril 06, 2013

Amasijo acerca de Crónica de Dalkey

Umbría a la sombra de sus dos obras más renombradas asombra Crónica de Dalkey, de Flann O’Brien. Vuelve De Selby, científico y teólogo, con una sustancia que puede ocasionar el exterminio de la raza humana o también, en pequeñas dosis y ámbitos propicios como por ejemplo una cueva submarina, propiciar una charla con San Agustín. Un cantinero de Skerries es un posible James Joyce “regresado de su tumba” -piensa Mick-, que niega haber escrito Ulises, “ese libro mugriento, esa colección de inmundicias” -dice Joyce-, y reniega del destino escogido por Stephen hacia el final de Retrato del artista adolescente: pretende enderezar esa torcedura entrando a la Compañía de Jesús con la esperanza de alcanzar el cargo de rector de Clongowes. Hay también un policía que predica la biciclosis, que, como cualquiera que haya leído El tercer policía sabe, es la parcial conversión de una persona en bicicleta por contacto asiduo.
Los protagonistas de la novela son dos amigos, Mick y Hackett, habitantes de esa ciudad cercana a Dublín llamada Dalkey. Poco a poco el primero, por carácter y caracterización, irá ganando el centro. El lector deberá seguirlo a menos que prefiera otro libro y, como él, será tomado continuamente por sorpresa. El narrador intervendrá de a ratos para disculparse por su torpeza en la descripción o invitar a la risa. El final irrumpirá con un asalto doble a lo esperado.

lunes, marzo 25, 2013

Un gran maestro

Hace unos minutos terminé de ver The grandmaster. No hubo un momento en que me haya sentido conmovida por la historia, que se desgaja y por eso mismo se debilita. Quizá sí hubo uno, durante una conversación sobre la vida como obra de teatro. Pero incluso en ese episodio el encanto del diálogo se fue diluyendo en un exceso de dulzor artificial para mi gusto. Visualmente, la película resulta esplendorosa. En imágenes, creo que es la creación más arrobadora de Wong Kar-Wai. Vale la pena, el placer.

sábado, marzo 23, 2013

La risa y los dientes

Lo primero que llama la atención en Sin embargo Juan vivía, de Alberto Vanasco, es que esté narrado en tiempo futuro y en segunda persona. Uno creería que tiempo y persona derivan necesariamente en una suerte de modo imperativo. Hay algo de eso, pero se trata, más que de imperar, de dirigir: la historia se cuenta como si los personajes fueran actores a los que se les propone una serie de instrucciones a cumplir. A veces se rehúsan e improvisan. Quizá previendo esto el narrador-director ofrece alternativas. Pasará esto o lo otro. La elección de los personajes es necesaria para avanzar en una novela construida en base a didascalias.

En rigor, aunque en futuro, comienza de manera impersonal: Habrá un crimen. Una mujer será encontrada muerta, con un tajo en el pecho. La casa será de tal manera y las personas presentes, éstas. Cuando se sitúe la segunda persona en la escena todo parecerá confluir en ese punto. El punto tendrá un nombre: Astolfo. El narrador lo seguirá como a su sombra. El asesino deberá estar entre los presentes. Al comienzo parecerá que es uno, luego otro, más tarde dos al mismo tiempo pero en realidades paralelas.

(Los diálogos serán desopilantes, las reflexiones del narrador, agudas como una estaca. Recordarás que a veces la risa deja al descubierto los dientes. Concluirás que el humor en la novela es feroz y desencantado. La recomendarás a los tres o cuatro que se dejen caer por tu blog. Deberás incluir un anzuelo adicional en tu comentario, uno de esos pasajes punzantes.)

“También has de recordar el tiempo en que creías en la felicidad, sin saber que bastaba con no alcanzarla nunca y trabajar sincera y suciamente durante toda la vida por ella, para conseguirla; es inconcebible, pero hay un tiempo en que uno cree también en la gloria o en el renombre y se pone con alegría a perseguir todo eso hasta que comprende en definitiva que nadie lo tiene en cuenta ni siquiera para ellos mismos.

Y lo peor es que uno abre después los ojos y ya no quiere seguir luchando ni pensar en los demás y se mete decididamente en cualquier otra cosa.

Pero el número de verdades que cada uno de nosotros puede soportar es muy limitado y es casi nula también la cantidad de angustia que cabe en cualquiera de nosotros”.

martes, marzo 05, 2013

Instalaciones

Doce televisores proyectan tramos de películas de distintas décadas donde se puede ver a trabajadores que salen de las fábricas. Salvo en la de los Lumière, tengo la impresión de que se asemejan en su paso cansino. En muchas encorvan la espalda. En una, la más terrible, también la cabeza, la vista aplastada en el suelo. Al menos en la mitad hay altas rejas que demarcan los confines de la fábrica. Pienso en las jaulas de un zoológico. En jaulas de pájaros. En cárceles, cuando un portón se cierra lentamente y como inexorable. Dice la guía: “Los televisores están en el piso, porque no se busca la comodidad, no se facilita la evasión”.
Se adosan sensores a un misil. El recorrido compone figuras geométricas en una computadora. Un hombre del otro lado de la pantalla puede decidir si sería conveniente arrojar una bomba sobre un límpido punto azul.
Un soldado es sometido a un interrogatorio sobre una misión en Irak. Mientras tanto, la máquina de realidad virtual le pone frente a los ojos escenarios semejantes a los que describe. Si dice que un compañero fue herido, aparece una mancha roja sobre un hombrecito. Las explosiones son amarillas, naranjas, luego negras -el humo. Puedo ver la tensión en el cuello, la tirantez. Termina. Se escuchan aplausos.
Y todo esto está contaminado con mi mirada. Si elijo la palabra “jaula”, incluso en lo que descarta mi memoria y el recorte que hago para contar, estoy ofreciendo y quizás hasta imponiendo una interpretación, algo que Harun Farocki no hace. Mejor es ir a ver la muestra -no tienen fecha de cierre aún, pero es seguro que continuará hasta fines de marzo- en Proa.