miércoles, noviembre 18, 2009

Mañana con cielo irresoluto. En el viaje a la oficina me lamina la piel un fino sudor. Lloverá, qué celeste ni ocho cuartos. Leo esta frase y un rato después me acompaña todavía: “Lúgubre es el sol de la lucidez” (Marcelo Cohen, Casa de Ottro).

martes, noviembre 17, 2009

Un eclipse deslumbrante

Entre las mejores cosas que me pasaron por estos tiempos está el descubrimiento de las películas de Béla Tarr. Armonías de Werckmeister comienza con un eclipse representado por borrachos en un bar. El que ordena la constelación es János, a quien la cámara va a seguir durante casi todo el film: un caminante, testigo de los hombres y sus obras. De la belleza a lo abominable, pero nada de facilitar al espectador apaciguadores juicios: como en otros films de Tarr, muchas veces los hombres actúan regidos por fuerzas que no dominan ni comprenden. Dice János, acerca de una ballena que llega al pueblo, pero la frase se irradia sobre todos, ellos, nosotros: “Qué misterioso es el Señor que se divierte con tales extrañas criaturas”.

lunes, noviembre 16, 2009

(Algunas páginas se meten por los ojos como cuñas. Sin embargo, cuando eso pasa podría decir, gozosa, en medio del dolor del reconocimiento: acá estás, parte de mí, no sé cómo pude vivir antes sin saber que existías, te presentía, por fin nos encontramos.)

Krapp por Santa Ana

El viernes pasado fui al San Martín a ver Krapp, la última cinta magnética. Walter Santa Ana hace un trabajo... demoledor. Hieren los pasos vacilantes, la mirada que se fija sin ver casi, la risa quebrada. Sentada en la primera fila, en una obra representada a nivel del suelo, estaba cerca del escritorio de Krapp, de Santa Ana, aunque a la distancia suficiente para verlo, sin estorbarlo, debatirse, tirar las cosas de los cajones, comer, concentrado, su banana, pero todavía más, para dar lugar al movimiento de su propio derrumbe. Hay que ver cuánto espacio precisa un hombre para derrumbarse. Porque caminaba, comía, movía los brazos torpemente, aunque es injusto que lo diga así, con dificultad, eso está mejor, la vejez, la inercia que empujaba desde la quietud, el peso, no sólo del tiempo, sino de lo que hay en el tiempo, el rememorado. El peso de las posibilidades truncadas. Entre la resaca antigua de 30 años, la desesperanza ya: “Tal vez se han ido mis mejores años. Cuando existía la posibilidad de ser feliz. Pero no me gustaría volver atrás”.

Fielmente, fielmente

En casa de otro quedó mi tomo de relatos de Beckett. Hay ahí, entre tantos párrafos que marqué -subrayé, circulé, cerqué con llaves-, uno que le leí en voz alta, a otro, una noche de junio. Hace poco volví a leerlo y resolví resguardarlo, vedarlo para mi voz, que quedase así pronunciado por mí una última vez, esa vez, como quien encierra una foto en un medallón y lo sella.

jueves, octubre 15, 2009

Escribo que sufro. Poder escribirlo, “objetivar el dolor en medio del dolor”, me parece una aberración. Sólo porque soy miserable y cobarde puedo y necesito calzarme las palabras para manipular estas brasas.

viernes, julio 31, 2009

Leer

¿Quién está dispuesto a poner el cuerpo al leer?

Hoy vengo, en los dos medios de transporte que me traen a la oficina, sucesivos, no simultáneos, en un libro, ese otro medio de transporte, este sí simultáneo a los otros dos, no leyendo, sino encajada en un libro, que se ha revelado embudo, es decir, ostenta -el verbo es excesivo, diría uno- un estilo llano, sin mayores accidentes, y me dejo caer por sus lisuras, pero al adentrarme puedo ver que se angosta y angustia, un punto de apretada densidad, y recuerdo las señales de advertencia antes de la entrada.

jueves, julio 30, 2009

¿Quién lee?

Leer no es para quien gusta del reposo.

viernes, julio 17, 2009

Las lluvias interiores

- No has oído hablar de las lluvias interiores. Te lavan los órganos día y noche. Vienen del corazón y lavan el hígado, el estómago, el bazo y los riñones. Estoy calado hasta los huesos. Si no fuera por este abrigo, yo no sé lo que pasaría. Incluso no me atrevo a desabotonarlo. Una copa de vino me ayudaría. Hay demanda del hígado, del estómago, del bazo y de los riñones. Tienen que trabajar todo el tiempo, sin interrupción. Esta constante mojadura podría convertirse en una súbita sequedad, que pronto podría tornarse mortal.
Oye, dame vino.
Halics, en Sátántangó

Prosa y poesía

Sé que podría romper, si me dejara llevar, los huesos de las palabras, y matar las palabras que me enseñaron a decir los otros, bramando un grito idiota y sin sentido como lo es el mundo, pero no lo hago sino que al borde mismo, al filo de lo sin palabras, precisamente, alzo palabras más claras con voz más firme y congelo en sílabas exactas como operaciones matemáticas y deletreo con más precisión lo que debo decir.

Montserrat Álvarez, “El divague del rockero melancólico”

La palabra parte

Escribo: “tus palabras, que son una parte de vos”. Me quedo pensando, como tantas otras veces, en el grado de veracidad de lo que acabo de escribir -juego a esto como otros bailan, por desesperanza, es sabido que nada de lo dicho es del todo cierto. Un fragmento de instante la palabra es parte, el siguiente parte. El verbo se hace carne y la deja. Es parte cuando, como se suele decir, toma forma en la mente, aunque no se forma porque ya la conocemos formada, a la palabra, nacida y crecida -y mirando por la ventana- con todos los aditamentos que le otorgó la cultura antes de que nos fuera presentada. Digamos, mejor, cuando uno se acerca a la estantería y elige y combina una con otra, primero en un montón desprolijo, después en la línea de la sintaxis. En ese ordenamiento forzoso se duplica lo falaz del lenguaje. De una con otra a una tras otra. Eso, y su expulsión. En el movimiento de los labios al expeler la palabra, o el de los dedos al plasmarla, ahí la palabra es propia, todavía. Después ya no. Se pierde en las ondas sonoras o yace en el papel o el monitor. La relación que tiene con uno es la misma que guardan las huellas con los pies. Entonces: “tus palabras, que fueron una parte de vos”.