lunes, agosto 18, 2014

Poniente

Leo la descripción de un poniente y recuerdo que hace unos días Pablo habló de una luna poniente (“Hermosa luna poniente en el cielo claro de la mañana”). Una luna poniente es algo escandaloso, se me ocurre ahora. Por lo general el sol está implícito, se omite mencionar al actor en el acto. El adjetivo se sustantiva: se habla de “poniente” por “atardecer”. ¿Cae la luna en el cielo? Bueno, sí, traza un arco, pero no se llega a ocultar como el sol tras el horizonte, sino que se borronea y funde en, como bien dice Pablo, el cielo claro. El astro que la hace brillar de noche la opaca de día. Podría decirse que la luna se pone en la luz solar. Por eso digo que la idea de una luna poniente es escandalosa: parece usurpar el atributo del que la alumbra.
Consideraciones vanas, banales, evanescentes. Uf. Vayamos a lo leído.
“El poniente está desparramado por las nubes sueltas separadas que hay en todo el cielo. Reflejos de todos los colores, reflejos blandos, llenan las diversidades del aire alto, boyan ausentes en los grandes pesares de la altura. Por sobre las cimas de los tejados que se yerguen, mitad en color, mitad en sombras, los últimos rayos lentos del sol que se va toman formas de color que no son suyas ni de las cosas en que se posan. Hay un gran sosiego sobre el nivel ruidoso de la ciudad que también se va serenando. Todo respira más allá del color y del sonido, en una exhalación honda y muda”. Del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.

domingo, julio 06, 2014

La humillación

Pascal Quignard, Los desarzonados: “El 3 de enero de 1889, en la Piazza Carlo Alberto, delante de la fuente, observa a un viejo caballo humillado al que su propietario golpea con violencia. El caballo mira a Nietzsche con tal aspecto de dolor que este último corre hacia él, lo abraza y pierde el juicio para siempre.
¿Qué quiere decir: abrazar a un caballo humillado? Quiere decir: deplorar la domesticación”.
Pienso en la cerviz inclinada de Ohlsdorfer cuando leo ese pasaje y después en otros hombres humillados de los films de Tarr: Maloin, János, Futaki, Karrer.
En una entrevista a Tarr a la que llego a través de El lamento de Portnoy leo: “Hay una cosa que no acepto: la humillación. En mis películas, los personajes, como es caso de Maloin en El hombre de Londres, son personas apartadas socialmente, maltratadas. En mis películas intento transmitir al público la idea de que sólo hay una vida, y que hay que vivirla con calidad. Que no se debe atentar contra la sensibilidad humana”.

lunes, junio 30, 2014

Noticias de Hungría

La colina baja (“Hungría se caracteriza por la falta de relieve”, dice Fred Kelemen), con el árbol escuálido pero más denso que la casa de piedra que no es todavía. Recuerdo que Rancière habla de ese árbol como definitorio. Acá parece que se trata de toda la colina. En todo caso, la vista desde la casa es anterior a la decisión acerca de dónde será emplazada.

Tarr, primero: “El paisaje tiene un rostro. Tiene tanto significado y carácter como un rostro humano. Hay una especie de maldición eterna sobre este lugar, algo inmutable, algo inalterable. La gente que vive acá, muere acá. Tiene muy pocas oportunidades de irse. Es un poco como vivir en una isla. De cierta manera, se trata del fin del camino, no podés ir más allá. Cuando llegás al fin del camino, alcanzás un sentimiento de paz. Dejás de enfrentarte a la naturaleza y te volvés uno con el lugar. No pensás en ir más lejos, proyectarte hacia delante, hacer cualquier cosa, desear cualquier cosa. No. Estás ahí y mirás alrededor y entendés que eso nunca va a cambiar. Extrañamente, no luchás contra eso. Pero quizá porque yo siento eso es que puedo irme”.

La crucial importancia de Ágnes Hranitzky, desde las indicaciones para construir el techo de la casa hasta la mano que tuerce un mechón de pelo anaranjado de Erika Bók antes de rodar.
János Derszi como Ohlsdorfer en la llanura a colores, para la escena de apertura. El polvo, las hojas, el viento, todo es puesto ahí laboriosamente. Los aparejos no disipan la magia: se conserva intacta en la distancia entre lo que veo y lo que vi.
La risa inimaginable de Erika Bók mientras desunce el caballo. Y más adelante: la risa durante la filmación de Sátántangó, “excepto en la escena donde muero”. Nunca aparece riendo, ni siquiera sonriendo, en los films. El redondo amor con que Erika habla de “Bela y Agi”.
Mihály Vig, la música que tantea una atmósfera apropiada para cada película. La necesidad de silencio para hacer lugar a la intuición, a la inspiración. Irimías vuelve a gritar silencio. Mihály el músico lee los párrafos en donde todo está perdido, para que el actor, Misi, el visitante nietszcheano, capte el ritmo con que se enuncia esa desesperanza: “Todo se ha arruinado, todo se ha degradado”.   

Tarr, segundo: “Esto comenzó en 1990, cuando volvimos de Berlín. Empezamos a trabajar en la preparación de Sátántangó. El rodaje comenzó en 1992. Así que nos tomamos dos años durante los cuales cruzamos la llanura húngara a lo ancho y a lo largo. En el mapa la parte verde delimita la gran llanura, que excede las fronteras del país. A los que participaron en el rodaje de Sátántangó, de principio a fin, los unió una fuerza cohesiva que continúa hasta hoy. No era posible rodar durante el verano, porque había hojas en los árboles, ni en invierno, por la nieve. Así que solo era posible filmar un poco en primavera, otro en otoño y después en la próxima primavera. Ahora todo ha desaparecido. Nadie más vive ahí. Así se esfuma la gloria del mundo. Todo se terminó. No hay duda de que es mejor para mí dejar de hacer películas”.

János, su historial con Béla. Nunca fácil, dice. El atisbo de esperanza de Sátántangó porque "todavía creíamos que los hombres podian influir en el curso de la historia", ausente ya en El caballo de Turín. Querrían alejarse -antes, los otros, pudieron- pero ya no pueden.
János más harto que Ohlsdorfer de comer papas.
Béla en el teléfono le pide a János que no beba porque que tienen que filmar esa tarde. Al rato: que al menos deje de beber.

Tarr, tercero: “Mis films son lo que son porque las personas con las que trabajo hacen de ellos mismos. Son como compañeros espirituales. No importa cuántos años pasen, siempre puedo contar con ellos. Con Agi venimos filmando juntos durante 28 años. Con Vig Mihály hemos estado trabajando juntos durante 25 años. Con Krasznahorkai, han pasado 23 años desde nuestro primer guión conjunto. Es como un sistema feudal, porque alguien tiene que decidir cómo ubicar la cámara. La democracia no tiene nada que ver con el mundo del arte. No hay democracia en el arte, no más que en la vida. Fue grandioso estar acá, filmar en este buen ambiente. Aunque pobre, es humano, muy humano”.


Por cosas como éstas vale la pena ver este documental.

jueves, junio 26, 2014

Tremendo calamar

Bajo este sol tremendo está narrada en tercera persona, aunque el punto de vista oscila entre dos personajes: Cetarti y Danielito. Me asomo a cada capítulo para ver quién mira. Considerando la perspectiva 1 como la de Cetarti y la 2 la de Danielito, anoto en mi libreta la secuencia a lo largo de los 41 capítulos: 11112121122122122111221221122121212121211.
(Una elefanta de circo baila el tap del electrocutado).
Es decir que el predominio de Cetarti al comienzo parece amenazado por Danielito, pero no.
Éste es un ejemplo del tipo de fútiles cálculos que ensaya Cetarti en su vivir como quien se deja caer. Por lo demás, pasa el tiempo entre documentales o revistas llamadas científicas y humo de cannabis.
Danielito es un hombretón que arrastra el nombre de dos muertos: el padre, el hermano. Ejerce la crueldad de un modo indolente.
Uno antes y otro después podrían decir: “Hoy ha muerto mamá. O quizá fue ayer”.
Varias muertes acaecen. No encuentro verbo mejor que éste de puras vocales abiertas para esa distancia con que se cuentan. Poca diferencia hay entre la forma de describir lo sanguinario, lo sangriento, lo sanguinolento y los animales varios y raros que se cruzan. Danielito se asemeja al cascarudo enorme y devorador, Cetarti al ajolote casi cactus. Un enorme calamar sombrea el relato de inquietud (ya sé, la inquietud prefiere ser sembrada que sombrear, pero acá oscurece, enturbia). 
(Leer este libro es como arrellanarse en la fiebre, ofrecerse para que medre).

domingo, diciembre 15, 2013

El laberinto



…quizás el abuelo lograra lo que sueñan todos los constructores de laberintos: construir un laberinto tan perfecto que no sólo se pierde en él todo aquel que entra, sino que es a la vez un laberinto que, como un gran animal paticojo, se levanta, se aleja renqueante y con el rabo borra las huellas que va dejando tras de sí, y así, todo lo que voy a relatar aquí a continuación y que aún vas a oír tiene ya lugar sólo en las entrañas de ese animal, ahora ya invisible, que camina, cojea y sigue borrando las huellas tras de sí

Jirí Kratochvil, En mitad de la noche un canto


(Poco hace tambalear al lector entregado a las páginas que pasan como la rotura de una pata de la silla en que reposa -para abismarse, mejor sentado o acostado- o la súbita declaración del artificio. Si uno lee, por ejemplo, “en el final preferido para su recuerdo” o “todo lo que voy a relatar aquí a continuación y que aún vas a oír tiene ya lugar sólo en las entrañas de ese animal”, comprende lo que prefirió ignorar, que todo es así pero podría ser de otra manera, o mejor, que es así y de otra manera y que lo que lo tuvo embrujado por horas antes de ser plasmado en papel fue frágil y aleteante, que fue llevado de la mano por un camino más o menos azaroso y que ahora se le pide que abra los ojos ante las bifurcaciones.)
 

miércoles, octubre 16, 2013

No llueve

Viene sosegado el mediodía. Lento y quemante a través del aire grávido. Cayeron unas gotas, más temprano. Puro amago. Dice el pronóstico que mañana habrá alivio.
El entusiasmo de Maria Bethânia y sobre todo el encanto de una frase -“yo sé muy poco, pero tengo a mi favor todo lo que no sé”- me llevan al libro de Clarice Lispector, donde me quedo boyando una hora o dos.
“Es en esta hora que el bien y el mal no existen. Es el perdón súbito, nosotros que nos alimentábamos del castigo. Ahora es la indiferencia de un perdón. No hay más juicio. No es el perdón después de un juicio. Es la ausencia de juez y de condenado. Y la muerte, que debía ser una única buena vez, no: está siendo sin parar. Y no llueve, no llueve.”

Perros

Padre-perro: “¿Has estudiado mucho?” Hijo-perro: "Sí”. Padre-perro: “¿Matemática?” Hijo-perro: “No”. Padre-perro:“¿Ciencias?” Hijo-perro: “No”. Padre-perro: “¿Geografía o Filosofía oHistoria?” Hijo-perro: “No”. Padre-perro: “Por fin, ¿qué has estudiado?” Hijo-perro: “Lenguas extranjeras”. Padre-perro: “¿Y qué aprendiste en lenguas extranjeras?” Hijo-perro: “Miau”.
En “Un diálogo”, Descubrimientos, Clarice Lispector

lunes, octubre 14, 2013

Perro

Recién leí en un blog: “donde se hunde la desgracia”. Y pensé que estaba bien eso de la desgracia en la hondonada pero mejor sería “donde hinca la desgracia”, la desgracia mordiente. Porque la desgracia se aferra. Es posible imaginarle dientes, colmillos incluso. Sé de dónde viene esto. Me sigue una brumosa tristeza como un perro. No la noto, la mayor parte del tiempo, pero si me doy vuelta, o solo me detengo y miro alrededor, ahí la veo apegada a mí. Quizá yo también le guarde un cariño. Los perros, es sabido, suelen acercarse sin recelo a quienes los miran con ojos endulzados.

miércoles, octubre 09, 2013

A la mesa

Cortázar, Roa Bastos, Saer, Sarquís. Decía Saer en 1978 que una ventaja del libro sobre el cine era su ubicuidad: “Si hay un libro que nos interesa, siempre terminamos por encontrarlo”. 35 años después Internet acerca cualquier imagen existente como un Aleph. Vi este video hace unos 10 años en la Biblioteca Nacional y no lo volví a ver hasta ayer. Lo había buscado muchas veces, me emocionó el hallazgo. Pueden servirse.



lunes, septiembre 30, 2013

Las cosas que hay que ver

En El camarín de las musas está pasando algo sorprendente. Una familia es despachurrada ante -o entre- el público por el hijo desfasado. Con el filo de las palabras hurga en las vísceras. Ya con sus gestos, con su sola ladeada presencia, desnuda a los demás. El escenario a ras del piso, las butacas tan cerca -sentada en primera fila, recogía los pies por temor de que los actores se tropezaran- propician la ilusión de verse involucrado en un clima de creciente violencia. Algunos espectadores terminan las frases, opinan, insultan al padre por lo bajo. Se entrometen. Al final, todos estamos dentro metidos. No hay forma de zafar.
La obra se llama El loco y la camisa, está hace rato en cartel y por el raudo vuelo de las entradas en cada función creo que perdurará algún tiempo.