Señala Roberto Calasso en K. que sobre la historia del guardián de la ley que narra el capellán en El proceso se han escrito numerosas glosas, una de las cuales la escribió el propio Kafka: El castillo. Otra de esas glosas podría ser la novela de Mario Levrero La ciudad.
Contaré la novela en un párrafo. Un hombre sale en busca de querosén para calentar la casa -ajena- a la que ha llegado y se pierde, primero a causa de la oscuridad y la lluvia y después por la mera distancia: se aleja. Llega con una mujer al caserío que un observador de un oscuro reglamento -guardián de la ley, por decir así- llama ciudad -“sin ironía”, “hasta con cierta pompa”. Aun cuando el sentido de permanecer en la ciudad es impreciso, se dificulta la partida, no siempre por coerción externa.
Las marcas temporales y espaciales son exactas y vagas a la vez. Sin fecha, se sabe que el domingo amanece a las 5:37 -una, que gusta de estos juegos, se pone a dar pasos adelante y atrás: si domingo es el que amanece, entonces todo sucede entre un viernes que es el día del extravío y un martes con tren. En un mapa figura una “Ciudad de San Pedro y San Juan”, que el hombre asocia con ciudades argentinas, pero esos mínimos indicios se desbaratan con referencias en otras lenguas. Apenas se menciona hacia el final Montevideo, como destino.
Despuntando la lectura noté que lo vasto -la casa primera, la estación de servicio, la ciudad misma- se describe muy someramente, mientras que lo nimio es desmenuzado. De esa manera se conforma el relato: sensaciones vívidas, reflexiones detalladas, en un entorno difuso. En el capítulo 11 de la primera parte encontré una confirmación gráfica de esa impresión inicial. En una pared de la oficina de quien aloja al hombre hay cinco láminas. Dos tienen el mismo tamaño, las que siguen son cada una menor que la anterior. La primera muestra un corte de la estación de servicio -que parece ser el corazón del pueblo o ciudad-; la segunda refleja una ciudad, pero de manera tan minuciosa -“figuraban, manzana por manzana, los cortes de las viviendas con todas sus habitaciones diferenciadas”- que resulta confusa; la tercera es, quizá, la República, aunque no se indica cuál; la cuarta, el continente; la quinta, el planeta.
miércoles, agosto 04, 2010
lunes, junio 21, 2010
Arseni Tarkovski
El hombre tiene un cuerpo,
cual una celda.
Cansada el alma está
de su íntegra envoltura
con orejas y ojos,
como monedas,
y piel con cicatrices
que cubre la osamenta.
Por la córnea vuela
a la fuente del cielo,
al radio de hielo,
al carruaje del ave.
Y oye por las rejas
de su viviente cárcel
la carraca del campo,
la trompa de los mares.
El alma es sin cuerpo,
como cuerpo sin camisa,
no hay labor ni intento,
ni verso ni concepto.
Adivinanza vana:
¿quién irá a bailar
a aquella misma plaza
donde nadie está?
Y sueño otra Alma
vestida de otra forma:
arde y corre, tímida,
en busca de esperanza.
Se quema y sin sombra
se aleja por la tierra,
un racimo de lilas
dejando de recuerdo.
No te lamentes, niño,
de la Eurídice pobre.
Empuña el palo y corre
tras el aro de cobre
mientras tus oídos capten,
ora alegres, ora secos,
de tus pasos los ecos
que repite la tierra.
(Cuarto poema de Arseni Tarkovski que su hijo Andrei incluyó en Zerkalo).
cual una celda.
Cansada el alma está
de su íntegra envoltura
con orejas y ojos,
como monedas,
y piel con cicatrices
que cubre la osamenta.
Por la córnea vuela
a la fuente del cielo,
al radio de hielo,
al carruaje del ave.
Y oye por las rejas
de su viviente cárcel
la carraca del campo,
la trompa de los mares.
El alma es sin cuerpo,
como cuerpo sin camisa,
no hay labor ni intento,
ni verso ni concepto.
Adivinanza vana:
¿quién irá a bailar
a aquella misma plaza
donde nadie está?
Y sueño otra Alma
vestida de otra forma:
arde y corre, tímida,
en busca de esperanza.
Se quema y sin sombra
se aleja por la tierra,
un racimo de lilas
dejando de recuerdo.
No te lamentes, niño,
de la Eurídice pobre.
Empuña el palo y corre
tras el aro de cobre
mientras tus oídos capten,
ora alegres, ora secos,
de tus pasos los ecos
que repite la tierra.
(Cuarto poema de Arseni Tarkovski que su hijo Andrei incluyó en Zerkalo).
Reygadas en Japón
El hombre -taciturno, rengo- llega a un pueblo perdido en busca del lugar y el momento propicios para matarse. Sobre todo, serenidad. La encuentra en una casa desvencijada en la montaña, en una vieja a la que quieren despojar aun de las ruinas en que vive. “Su casa me gusta porque está lejos del pueblo, aquí en lo alto”, le dice el hombre a Ascensión. El caso es que con la serenidad conseguida viene lo inesperado: sensaciones, emociones, lazos que lo atajan justo antes del salto.

Había visto de Reygadas Batalla en el cielo y me había gustado, pero Japón me atravesó. La desolación que allá vi como en un cuadro helado, intocable y lejos, me inundó acá. Inundada, dos veces se me aguaron los ojos: en el llanto después de un laborioso encuentro sexual, en la carrera frenética de la cámara para alcanzar a un cadáver.
Dejo acá un diálogo entre el hombre y la anciana. Apunto antes que al menos parte de las razones del hombre para matarse pudieron haberse originado en lo que evoca un sueño con la playa y una mujer hermosa. Es algo sugerido como al descuido. Pero es probable que acá se esté refiriendo a la vida en general.
- ¿A qué vino a este pueblo?
- Se necesita mucha serenidad para dejar algunas cosas a la que estamos habituados, pero que en realidad ya no queremos. Hay que saber tirar lo que ya no sirve.
- Mejor arreglar y no tirar, ¿no?
- Sí, pero hay cosas que no se pueden arreglar. Es mejor tirar que vivir aferrado a cosas sólo por costumbre.
Había visto de Reygadas Batalla en el cielo y me había gustado, pero Japón me atravesó. La desolación que allá vi como en un cuadro helado, intocable y lejos, me inundó acá. Inundada, dos veces se me aguaron los ojos: en el llanto después de un laborioso encuentro sexual, en la carrera frenética de la cámara para alcanzar a un cadáver.
Dejo acá un diálogo entre el hombre y la anciana. Apunto antes que al menos parte de las razones del hombre para matarse pudieron haberse originado en lo que evoca un sueño con la playa y una mujer hermosa. Es algo sugerido como al descuido. Pero es probable que acá se esté refiriendo a la vida en general.
- ¿A qué vino a este pueblo?
- Se necesita mucha serenidad para dejar algunas cosas a la que estamos habituados, pero que en realidad ya no queremos. Hay que saber tirar lo que ya no sirve.
- Mejor arreglar y no tirar, ¿no?
- Sí, pero hay cosas que no se pueden arreglar. Es mejor tirar que vivir aferrado a cosas sólo por costumbre.
viernes, junio 04, 2010
Un instante
-Usted dice que la vida es como el día -dijo Felipe-. Ante todo le agradezco por haberse quedado a charlar con este farsante: es decir, conmigo. Si le inspiro lástima, o pena, eso no importa. No me critique. Yo digo: la vida es una cosa lejana, es una aparición. Es como una melodía olvidada, créame. La vida, una melodía que no volverá a escucharse sino más allá de la vida. Uno tendría que nacer de nuevo para encontrar una cosa que sea como la vida y que sólo se parezca a ella misma y no a una melodía. La verdadera vida dura un instante; el resto de los instantes, el resto de los años uno vive perplejo, con la boca abierta. Quiero decir que la vida, si no es muy poca cosa, deberá ser algo terriblemente abrumador; quiero decir que la vida no es, en ningún caso, un transcurrir de un cierto número de años. Si uno ha percibido el paso de aquel instante definitivo, estará a salvo del embrutecimiento. Quiero decir: a salvo de la vida. Por ese instante que nos revela la razón de vivir, sólo por ese instante vale la vida.
Jaime Saenz, Felipe Delgado
martes, mayo 25, 2010
domingo, mayo 16, 2010
La dirección opuesta
En Jakob von Gunten, de Robert Walser, el protagonista tiene una única ambición: perderla. Ansía convertirse en un perfecto cero. Esa aspiración a contracorriente de lo esperable infunde una sensación de extrañeza. (En el lector, no dentro del sistema de la novela: Jakob asiste a un instituto que forma sirvientes y su proceder es natural ahí). Del extrañamiento al entrañamiento. Porque suelen fascinar los hombres que eligen libremente hacerse delgadísimos entre lo aparente.
Hace un mes o algo así leí Los hermanos Tanner. Simon Tanner también desconcierta. Esta vez, también a otros, en la novela. Advirtiendo su independencia de criterio, la despreocupación por incomodarse al incomodar, no pude menos que amar a Simon. En el capítulo XIV oye en una taberna a dos desconocidos que hablan acerca de uno de los hermanos Tanner, antes joven prometedor, ahora malogrado, encerrado en un hospicio. Simon se declara en contra de la compasión y celebra la desdicha. “La desdicha forma”, dice Simon, y me recuerda aquello que dice Jakob sobre la melancolía, que algún componente tiene de desdicha: “La melancolía resulta preciosa. Porque educa”. “[La desdicha] estimula a vivir mejor. Cualquier belleza, si es que aún esperamos tener experiencias bellas, se la debemos a ella. Nos permite hartarnos de cosas bellas y, estirando la mano, nos señala otras nuevas. ¿Un amor desdichado no es acaso el
más rico en sentimientos y, por lo tanto, el más tierno, delicado y bello? Y ser abandonado, ¿no tiene acaso resonancias suaves, benéficas, halagüeñas? Decirlo es ciertamente nuevo, porque es raro que alguien lo diga. A la mayoría les falta valor para saludar en la desdicha algo donde podamos bañar nuestra alma, como nuestras piernas en el agua”.
Entonces, porque él dijo eso, lo raro, acerqué el libro a los labios y besé esa página.
Hace un mes o algo así leí Los hermanos Tanner. Simon Tanner también desconcierta. Esta vez, también a otros, en la novela. Advirtiendo su independencia de criterio, la despreocupación por incomodarse al incomodar, no pude menos que amar a Simon. En el capítulo XIV oye en una taberna a dos desconocidos que hablan acerca de uno de los hermanos Tanner, antes joven prometedor, ahora malogrado, encerrado en un hospicio. Simon se declara en contra de la compasión y celebra la desdicha. “La desdicha forma”, dice Simon, y me recuerda aquello que dice Jakob sobre la melancolía, que algún componente tiene de desdicha: “La melancolía resulta preciosa. Porque educa”. “[La desdicha] estimula a vivir mejor. Cualquier belleza, si es que aún esperamos tener experiencias bellas, se la debemos a ella. Nos permite hartarnos de cosas bellas y, estirando la mano, nos señala otras nuevas. ¿Un amor desdichado no es acaso el
Entonces, porque él dijo eso, lo raro, acerqué el libro a los labios y besé esa página.
sábado, mayo 15, 2010
Hedwig se despide de Simon
Veo que te vas, que ya lo has decidido. Adiós. Ven a mi lado y dame la mano […]. Intenta ser un hombre de bien. Participa de la vida pública, haz que se hable de ti, me daría un gran gusto oír hablar de ti a la gente. O bien, vive como mejor puedas y sepas hacerlo, permanece en la oscuridad, lucha en la oscuridad con los muchos días que aún te irán llegando. No te creo capaz de debilidades. ¿Qué más puedo decirte para desearte suerte en tu viaje? Y da las gracias. ¡Vamos, oye! ¿No piensas darme las gracias por haberte tenido aquí todo este tiempo? No, déjalo estar, no es tu estilo. Serías incapaz de hacer una reverencia y decir que realmente no sabes cómo agradecérmelo. Tu conducta ha sido tu agradecimiento. Contigo he perseguido y ahuyentado el tiempo hasta hacerle sentir miedo de nosotros. ¿No tienes en verdad más cosas que las que caben en esta maletita? Eres realmente pobre. Una maleta es toda tu casa en este mundo. Hay en esto algo extraordinario, pero también lamentable. Vete ahora. Te seguiré con la mirada por la ventana. Cuando llegues a lo alto de la colina, vuélvete y mira una vez más hacia mí. ¿Qué otros signos de ternura hemos de intercambiar todavía? ¿Tú, el hermano, conmigo, la hermana? ¿Qué importa que una hermana no vuelva a ver más a su hermano? Me despido de ti fríamente porque te conozco y sé que odias las despedidas efusivas. Esto no significa nada entre nosotros. Y ahora dime adiós y vete…
Robert Walser, Los hermanos Tanner
jueves, mayo 13, 2010
Recio y rancio
Ayer en el 108 concluí que alguna gente guarda de los últimos fríos de un año a los primeros del otro la ropa sin lavar y una mañana fresca agarra la desprevenida ropa y se la encima y así sale. En las apreturas del colectivo esa gente como tantos del resto que sí lava sus ropas se ve en la necesidad de alzar los brazos y exponer los sobacos donde aun bajo capas de ropa hacendosas glándulas se encargan de remozar con sudor fresco el otro estacionado durante varios meses en cavas de madera por lo que ha cobrado un matiz acre.
miércoles, mayo 12, 2010
Una de tantas respuestas de Vila-Matas a la infaltable pregunta acerca del lector hipotético
El lector al que me dirijo va a mis actos públicos. Es más inteligente que yo, por eso se va antes de que termine de hablar. Eso hace que trate de superarme para seducirlo, pero él se sigue yendo siempre antes. El día que no se vaya estaré más cerca de lograr la obra perfecta. Por lo tanto, más cerca de la Recoleta.
Vila-Matas en Buenos Aires
El sábado fui a la Feria del Libro a oír a Vila-Matas. Llevé Dublinesca para hojearlo por el camino y para la espera antes de la sala. No había llevado cuadernos, así que a la hora de la charla traté de retener lo que pude (y quise) llenando a lápiz los espacios en blanco de las primeras páginas de la novela (en las últimas hay anotaciones sobre unos cortos asiáticos). Casi sobre el final contó una anécdota sobre Tabucchi tan entretenida que por temor a perderme algo no quise transcribir. Cuento acá lo que me acuerdo. Vila-Matas escribió “Recuerdos inventados”, donde rememora en clave de ficción algo dicho por Antonio Tabucchi. Más tarde lo conoció en una reunión en donde había varios escritores. Tabucchi había leído el cuento y se lo mencionó, le pareció divertido y le propuso que crearan recuerdos en común. A partir de entonces decidieron que la familia Vila-Matas y la familia Tabucchi se habían tratado durante años. EVM contó en una entrevista, por ejemplo, que se asomaba por sobre la tapia de la casa de los Tabucchi y le preguntaba a Antonio si creía como él que los adultos eran todos estúpidos y cosas por el estilo, y que a Antonio, que era algo mayor, lo fastidiaban esas preguntas del crío (todo según lo que inventaba que recordaba EVM). Cuando a Tabucchi le preguntaban si era cierto lo que contaba EVM, contestaba que por supuesto, que por qué iban a dudarlo. Hasta que a EVM se le fue la mano. Escribió un cuento, “Los Tabucchi”. En el cuento se devela un acuerdo entre ellos (similar aunque no el mismo que habían pactado). Antonio Tabucchi tardó dos años en volver a dirigirle la palabra.
Lo mejor es pensar que todo, también esto último, es casi con seguridad (me da risa esta palabra porque recuerdo -en clave real-, que en el cuento “Los Tabucchi” aparecen los adverbios “exactamente”, “perfectamente” que en general se usan para enfatizar la verosimilitud pero acá logran el efecto contrario) otro recuerdo falso. Y que no importa. De verdad.
Lo mejor es pensar que todo, también esto último, es casi con seguridad (me da risa esta palabra porque recuerdo -en clave real-, que en el cuento “Los Tabucchi” aparecen los adverbios “exactamente”, “perfectamente” que en general se usan para enfatizar la verosimilitud pero acá logran el efecto contrario) otro recuerdo falso. Y que no importa. De verdad.
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