domingo, enero 30, 2011

¡Macbeth! ¡Macbeth! ¡Macbeth!

No lo comenté en su momento; ahora que ya no es momento y quizás tampoco sea lugar para hacerlo acomodo acá unas notas que tomé. Vi tres versiones de Macbeth que encontré recomendadas por ahí, después de ver la de Tarr. Las dos primeras me gustaron pero también me desilusionaron un poco. La de Polanski es fastuosa, en escenarios y vestuarios. Pero las interpretaciones son deficientes y las escenas de sangre desbordan lo conveniente. El texto se apega bastante al original, sin las volutas retóricas, bellas, intrincadas de Shakespeare. En un punto, el final, se aparta. Después de la coronación de Malcolm como rey de Escocia, un jinete se acerca al paraje donde las brujas cantan: es Macduff. Así se sugiere el comienzo de un nuevo ciclo de intrigas y crimen. Más sobrio es Orson Welles, que además presta el cuerpo a un arrollador Macbeth. Tanto, que la mujer incide poco en la resolución de sus vacilaciones. Como crítica, creo que se iluminan en exceso algunos engranajes que en la obra están oscurecidos -claramente- adrede. Según Shakespeare, Banquo, después del asesinato de Duncan, expresa en un aparte sus sospechas sobre los medios por los que Macbeth alcanzó la corona. En el film de Welles le dice abiertamente a Macbeth: “Me temo que has tenido que jugar sucio”. Lo que sigue lo toma Welles de una escena anterior de la obra, donde -cuando- Macbeth no había matado a Duncan. “Si aceptas mis planes, llegado el momento tendrás tus honores”, dice Macbeth, y el otro: “Mientras no los pierda al tratar de aumentarlos”. Macbeth advierte, Banquo se condena. En esta y otras escenas, lo que se gana en inteligibilidad se pierde en sutileza. Fuera de esto, el film me gustó mucho más que el de Polanski, por las interpretaciones y por el admirable manejo de la cámara. La adaptación de Kurosawa, Trono de sangre, está ambientada en Japón, en el tiempo de los samuráis. Sin embargo, Kurosawa parece haber sabido extraer lo esencial de la obra. En el prólogo se pude leer: “Mirad este lugar desolado, donde hubo un orgulloso castillo, cuyo destino cayó en la red de la lujuria de poder, donde vivía un guerrero fuerte en la lucha pero débil ante su mujer que le empujó a llegar al trono con traición y derramamiento de sangre. El camino del mal es el camino de la perdición y su rumbo nunca cambia.” Asaji, esposa del capitán Washizu, es en efecto una mujer terrible, de gran ingenio. Persuade al marido de que debe matar al señor del Castillo de las Telarañas porque si se entera de que le vaticinaron que él lo reemplazará, considerará el riesgo: “En este mundo tienes que atacar primero si no quieres que se adelanten otros y te maten antes”. Lógica férrea. Aconseja al esposo la estratagema para lograr que Miki, guardián del Castillo, abra las puertas: llevar el ataúd con el cuerpo de su señor. Y al embarazarse, le da una razón para que intente evitar que los hijos de Miki lleguen al poder. En el segundo encuentro con la bruja, Washizu se alegra al escuchar la predicción de que no será vencido hasta que no se desplace un bosque hasta el castillo. Se jacta ante los soldados y su arrogancia lo pierde, en un final inenarrable. El riesgo de adaptar una obra como Macbeth es que la variación debe dar lugar a un resultado al menos tan bueno como el original. Esta magnífica versión lo logra.

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