viernes, noviembre 24, 2017

Aburrido

Daniel Jiménez Cacho es el único de los actores que participó en todas las jornadas de rodaje. Dos meses y medio siendo Diego de Zama. 
 Cuando leyó la novela, Jiménez Cacho se enojó con el personaje. 
Qué tipo gris, qué aburrido. ¡Cómo vas a hacer una película con un tipo así!
Selva Almada, El mono en el remolino

miércoles, noviembre 22, 2017

Peculiar

Hoy por la mañana me pasó algo peculiar. Iba en el bondi para la escuela leyendo El mono en el remolino. En eso alguien del equipo de filmación de Zama le pregunta a un joven qom por qué no siembra, para que no le falte qué comer. Pero los qom ni siquiera lo consideran, son pescadores y recolectores, se aclara. Entonces me acuerdo de que a Zama le disgusta el pescado. Cuando se lo trae Manuel hace una mueca, lo acepta con la voluntad cercada por el hambre. Pero acá lo que abunda es la pesca, su producto. "Qué complicación para Zama", pienso. En seguida sonrío. Me doy cuenta de que por un segundo lo sentí, no lo pensé porque fue más instantáneo y evanescente que un pensamiento ya formado o incluso una impresión, como ser de carne y hueso. No solo eso, sino también contemporáneo y coterráneo, diría, de esos muchachos. Debería dormir más.

lunes, noviembre 20, 2017

Leal

"Despegué los párpados tan pausadamente como si elaborara el alba". Sobre el final de la novela recordé el dicho "una imagen vale más que mil palabras". Una imagen bien puede aplastar de un manotazo mil palabras levísimas que permanecerían un rato flotando en la neblina del entendimiento, encimé. La prosa exquisita de Di Benedetto es intransferible a otro lenguaje. De todas maneras me asombra, como le comentaba a un amigo, que Martel haya podido llevar la atmósfera de ese libro a la pantalla, siendo "parco en aconteceres y pródigo en reflexiones" (me cito). El desapego de Zama, su distanciamiento de los hombres y hasta de sí mismo, hacia el final, es sensible en el film, sin mediar mucha explicación (en la novela: de "en ningún momento sentí emoción alguna" ante el trance de riesgo mortal del prójimo, a "me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido", al declinar Zama). Sobre su figura, aunque se haya sustraído el episodio, acá o allá Zama es siempre el que vende el caballo ganador en el instante que precede su triunfo. Concluyo: la adaptación no es fiel, es leal.

sábado, noviembre 11, 2017

Martel

Al poco tiempo de estrenarse Zama hubo una promoción por la que las entradas para varias películas argentinas quedaron a un precio irrisorio y además se podían sacar por internet (hace años esta palabrita se ponía en mayúsculas, ¿no?). Semana del Cine Argentino, de 4 días. Compré dos entradas y fui verla con una amiga. Lo primero y muy notorio: no hay mono en vaivén. (Me intriga saber por qué el libro de Selva Almada acerca de la filmación de Zama se titula Mono en el remolino. ¿Habrán intentado echar unas pieles al agua? Tendré que conseguirlo). Mira a unas mujeres, Zama, que se untan barro en la orilla y hablan una lengua distinta de la suya. Lo corren, golpea. Espía también, en otro momento, el escote de Luciana, más tarde a los amantes. La cámara también parece espiar, mirona, como a través de una hendija. Los planos recortan partes de cuerpos. A veces se enfoca a alguien diferente del que habla. Como en la vida, se nos permite ver fragmentos. Lo que se ve: el desacomodo. En Zama todo chinga. La peluca de Zama, los vestidos pesados de las mujeres europeas. Se mueven los colonos como peces fuera del agua, medio enloquecidos de tedio. (A propósito: no hay mono pero sí pez. Ventura Prieto narra la fábula del pez al que el agua repele y que se empecina y así dura). Agobiado Zama por el calor, el bicherío, trasplantado en tierra hostil, se agosta. Hay dos partes: en la primera prima la espera y por lo tanto la esperanza. La otra, la de la expedición de caza a Vicuña Porto, es la del abandono. Como en el poema ("El desierto", Borges), cuando se alista Zama ya se ha dejado llevar por el río. Es una gran película. Me alegra ahora no haber tenido la lectura fresca de la novela. Ahora puedo volver a leerla.

Frío

Insomnio. Las 4, la hora del lobo. ¿O era a las 3? Tuve un sueño inquietante del que no voy a hablar acá. No fue una pesadilla, hasta fue agradable de a ratos, pero me dejó triste e incómoda en la cama. Pensé que era porque la pieza se había enfriado que no me volvía a dormir pero me tapé y es evidente que no era eso si estoy acá. Ahora creo que fue el sueño. Quizás el sueño me destapó.
Como siempre que no puedo dormir al poco rato pensé en leer. Resulta que después de molestar a varios amigos preguntándole por mi ejemplar de Zama lo vi en casa de mamá. Lo traje hace unos días y lo dejé a mano, en la biblioteca. No lo quiero hacer esperar mucho.
Antes de leer diré alguna cosa sobre la película de Martel. Pero mejor en un post aparte.

domingo, octubre 29, 2017

Bromista

Por la madrugada, a eso de las cuatro y pico, salgo de la cama y me repantigo en el sillón a leer. A vuelta de página el autor dispone la aparición, cierto que algo borrosa, de un cocodrilo. Una parte indefinible de mí pega un salto. Horas antes abracadabra pata de cabra y el libro entero fue cocodrilo y ahora... Un cocodrilo, a medias, in progress, se diría. "El cocodrilo incompleto, ¡el no del todo cocodrilo!". Qué bromista este Gombrowicz.

sábado, octubre 28, 2017

Cocodrilo

- ¿Qué estás haciendo, ma?
- Leo.
- ¿Qué?
- Palabras (pienso en Onetti, aunque el libro que sostengo es de Gombrowicz).
- ¿Palabras mágicas?
- ... Sí.
- ¡Abracadabra pata de cabra!
(Gombrowicz se vuelve cocodrilo y le muerde la nariz).

Okupa

Estuve pensando en retomar este espacio, como para aflojar mi oxidada muñeca. Quizá en forma de diario disperso. Acuarelado. Llevo mi diario en papel, ese mordiente. Esta superficie será para ir dejando rastros resbaladizos. Ya veremos. Me gusta Rango Finito, aunque últimamente desgrana el desgano (ah los juegos de palabras). Algo así, quizá. Por ahora escribo en este plano blanco asediado de grises y aunque me siento cómoda es como pintar las paredes de la casa de otro. Una okupa.

viernes, octubre 27, 2017

Tango

"Una mañana de finales de octubre". Así empieza. En Hungría octubre es otoño, acá, ahora, una primavera vacilante. Una mañana de finales de octubre por Kovalski me entero de que Tango satánico existe en este mundo. Es. Leo las páginas que invita Acantilado. El chirrido de los españolismos no alcanza a astillar la abrumadora melodía de la devastación. Releo después lo que escribí cuando se me había puesto la idea de comentar Sátántangó como quien describe el paisaje que se desplaza horizontal por la ventanilla del tren, al dejar correr la película, como ya había hecho con Stalker. Releo para que las palabras me acarreen las imágenes. Difieren, película y libro. No trató de encabalgarse Tarr. No esperaba eso, tampoco. ¿Cuánto más habrá que esperar?

viernes, marzo 13, 2015

Aleksei German lee a los Strugatski

Una comisión de científicos de una Tierra futura investiga la sociedad de un planeta sumido en un período histórico semejante al Medioevo. El Renacimiento no ha ocurrido, avisan, y su advenimiento no parece factible, si se considera el regocijo con que los hombres se enfangan. En Arkanar, la ciudad en donde se emplaza uno de los sociólogos, Anton o Don Rumata, los intelectuales son torturados y asesinados en las formas más ominosas. El arte está proscripto. No hay lugar para la belleza. Él no puede interferir. Sobre todo, no se le permite matar. Pero el medio hostil corroe su alma. Un abrumado Don Rumata se pregunta si no es sobre él que se efectúa el experimento.
Ése es el argumento de Qué difícil es ser dios, película de Aleksei German sobre la novela de Arkadi y Boris Strugatski del mismo título. Aunque el comienzo y el final de la novela se eliden en la película, no difieren en lo esencial, el argumento de una y otra. Muchos aspectos que se explican con detalle en el libro acá apenas se sugieren. Dije: esencial. Pero me refería al armazón de la historia. Porque sí difieren, de alguna manera, en su esencia. Si la novela es ya oscura, la película es como brea, negrísima y pegajosa.
El otro día le comentaba a una amiga que la estética de la película es pavorosa. Mocos, mierda y sangre, esas materias pringosas abundan (en la apertura un culo vierte su producto desde una ventana alta sobre las cabezas de dos que juegan o pelean o juegan a pelear). No hay modo de tomar distancia de las imágenes, se nos vienen encima. La cámara al nivel de los ojos parece tropezar continuamente con gente y cosas que se la llevan por delante en ese universo de espanto y caos. A veces unos miran a la cámara directamente, otras parecen mirar algo o a alguien detrás. Los primeros planos son asfixiantes y a la vez vertiginosos. La sensación es que esa mescolanza nos puede enchastrar de un momento a otro. Hay que verla. Hay que ser partícipe del experimento.