sábado, abril 15, 2006

Desde estas hermosas playas...

Fin de semana largo, Lili nos presta un departamento en Mar de Ajó, a media cuadra de la playa. Nos apersonamos. Tengo por vecinos a una pareja de gente mayor que combina las costumbres de hablarse a los gritos y de levantarse temprano. Esta mañana, cansada ya de taparme la cabeza con la almohada, la frazada y tutti cuanti, resignada a quedarme despierta, en fin, escuché:
Él: Qué impresionante el mar, ¿eh?
Ella: ¿Viste qué oscuro? A mí me parece el río de noche. Debe ser por la mucha agua.
El mar es oscuro como el río de noche. Creo que es una imagen hermosa. Muy superior a muchos malabarismos literarios.

domingo, abril 09, 2006

A esta altura...

... puedo afirmar sin temor a equivocarme, con un apreciable conocimiento de causa, que soy pésima en esto de los blogs. No posteo diariamente. Hay días en que ni siquiera me conecto a Internet. Especialmente, desconozco el lado técnico del asunto, y no me esfuerzo por aprender. Por eso me costó tanto listar mis enlaces al costado. No puse ni voy a poner un contador, me daría mucha vergüenza (mi vanidad es recatada). Lo de las licencias creativas no me convence. ¿No es un poco ingenuo? Lo de los queries me parece divertido pero no sé cómo se pueden ver y hasta ahora no me importó tanto como para averiguar. Por lo tanto, no sé cómo llega acá alguna gente. Estos son algunos aspectos de los blogs donde me sé ignorante. Seguramente hay muchos más que aún no sé que ignoro. Hay algo en ese no saber que me da placer -utilizar una herramienta que entiendo sólo a medias, o a cuartos, mono con navaja (así son los desbarajustes que hago)-, y no quisiera privarme de él aprendiendo. Siempre, pero siempre, me sorprende descubrir que me linkearon. Claro que me gusta, pero también tengo que contener mis impulsos de pedir disculpas, de decir que no era preciso, que yo no lo esperaba.

Euforia

Tengo una amiga, Ale, que vive en Ushuaia, a unas cuantas cuadras del centro, camino al glaciar Martial, justo enfrente de la planta potabilizadora de agua. Desde la ventana de su dormitorio se ve, en este orden, de acá para allá: el centro ahí abajo, todo amuchado, con el pico rojo de la iglesia sobre la San Martín; el canal de Beagle, la Bahía Encerrada; montañas azuladas y borroneadas a lo lejos. La primera vez que fui a la casa de Ale, mientras ella ordenaba, me fui a vaguear por ahí. La perra, una husky de nombre Soledad, me siguió, parando cuando yo paraba, imitándome, mimo perruno. A unos pocos metros de la casa hay un bosque cerrado de lengas (no sé si hay otra especie de árbol en Ushuaia, ésos están por todos lados), y un arroyo de agua transparente y helada que baja entre piedras. De cuento. Me metí por entre los árboles, alejándome de la ruta. Entonces advino lo que solamente puedo llamar la euforia. Como la náusea de Sartre, pero al revés. Una intensa sensación de disfrute del entorno, acentuada (o posibilitada, quién sabe) por el muy moderado peligro, aunque exagerado por mi imaginación, de perderme. Perderme, para todos. En este bosque, pensé, si me caigo por una barranca y me quiebro, quizás nunca me encuentren, puedo morirme de hambre y frío. Qué inmensa felicidad. Por suerte andaba con Soledad, que me guió de vuelta.

viernes, abril 07, 2006

Optimismo

Es así: Uno escribe y no está nada contento con el producto. Cada vez hace mayores pausas, cada vez duda más antes de apoyar los dedos en las teclas. Lee, corrige, sigue estando mal, muy mal, empeora, ay, por qué no di guardar antes de hacer los cambios, con otro nombre, antes al menos tenía algo para corregir, ahora no tengo nada. Habiendo llegado a este punto, uno ya no puede seguir. Cada renglón es refutado al instante. Hasta le parece que se arrepiente antes de escribir. Se va a dormir, resignado. A la mañana, se levanta raudamente porque de golpe ha llegado con son de clarines la idea salvadora. Escribe como un poseso. Entonces ve, porque esta ahí, escrita de una vez y para siempre y no haciendo bizbiz en su cabeza, LA BRILLANTÍSIMA IDEA. Pero mientras que antes tenía la potencialidad de convertirse en innumerables páginas, ahora ocupa, digamos, treinta o cuarenta renglones. Uno pica que te pica, pero la veta de oro está agotada. Bueno, por lo menos el argumento está planteado, piensa. Se va a hacer sus cosas. Vuelve. Pero qué porquería es esto, cómo pude creer que serviría. O su variante: ¿Qué habré querido decir con esto? Ni yo lo entiendo, cómo van a entender otros. Borra todo, o abandona el proyecto en una carpeta de Mis documentos que jamás abre, y recomienza.

martes, abril 04, 2006

Interpretación del domingo

Domingo, encuentro de lectura de El Interpretador: “Sucedió una de las dos catástrofes originadas por minucias de las que habla Mayral: ganas de escribir algo, no Bic, no papel. Nora invita a una chica que está sola a que se acerque a nuesta mesa. Aprovecho la boleada para preguntarle si tiene papel y birome. Me da dos papelitos que arranca de un anotador, sobre uno escribo, describo: caja roja, mesas con manteles negros, lámparas de bronce y vidrios esmerilados, del tiempo de la abuela. Tomamos Gancia. De a ratos llega un olor bastante definido a aspirineta, lo que refuerza el ambiente viejo y teatral. Al escenario llega una escalera desde un entrepiso. Le digo a Nora que tendrían que bajar por ahí todos los escritores con vestidos de novia.

Ahora va a leer Oliverio Coelho. Pero es el tercero. Se enumeran sus muchos premios. Habla de su currículum llamándolo “prontuario”. Qué suerte que diga tetas y no pechos. Una prostituta nada 100 largos para una pareja de viejos. Me gusta. No llego a escuchar si es de Los Invertebrables o de Promesas Naturales. La gente está inmóvil como en una foto. El conejo tiene ojos de chiflado. Ahora termina, aplauden.

Tocan música, guitarra y bombo. El aire queda atravesado, espadeado en esta caja roja, se desplaza con cada golpe en el parche, pero nosotros somos como estatuas. El parche vibra, toda la caja roja resuena. El guitarrista es excepcional, delicado hasta cuando toca un gato, lo que parece difícil.

Miro a la gente con un poco de pena. Por mí también, claro. Nadie se pondría a bailar acá. Son todos tan juiciosos.

El presentador es muy gracioso. Lee Incardona. Un cuento simple y directo. Se llama “La culebrilla” y está ambientado en Villa Celina. Me acuerdo de que leí una crítica a un cuento suyo. No era muy bueno el cuento, es cierto, pero la crítica era miserable. No entiendo cómo puede haber gente que a veces parece inteligente y sin embargo se toma tan en serio.

“No hay peor error para un escritor que tomarse en serio”, dice el presentador justo cuando escribo la frase anterior. Me sorprende la coincidencia.

Cucurto escribe poemas, también basándose en crónicas barriales. ¿Será que ahora hay que escribir así? Once. Una zapatillería. Por ahí lo menta a Pasolini. Claro, mucha influencia de Pasolini en ese reclamo por el alma de un chico de barrio.

“Éste es el momento under”, dice Nora cuando sube Pablo Dacal. Hay algo reconocible en la voz, bajo esos raros peinados nuevos. Ya sé. Es que ahora todos suenan como Pity (y el Pity cada vez más parecido a Calamaro). Algo se le atranca en la garganta, pero no sé, quizás él interponga ese obstáculo a propósito, para sonar así. Amor es un monstruo”.

Me parecieron gente sencilla y tranquila, entusiastas (y si no, cómo), pero no se dan ínfulas. Hay un chiste conocidísimo que dice que un argentino, para suicidarse, se tira de lo alto de su ego. Ni hablar de los escritores. En los blogs considerados literarios suele ser muy evidente, me fastidia tanto. Bueno, no vi eso acá, al menos no anduvieron bandereando lo maravillosos que son, lo alejados que están del resto de los mortales y lo incomprendidos que se sienten. Cucurto terminó de leer, pidió cumbia y bailó con ganas (y con una chica). Cuando salimos estaba Incardona en la puerta. Dijimos estuvo muy bueno, se quedó a conversarnos un minuto, dijimos sí, vamos a venir de nuevo.

sábado, abril 01, 2006

Elizondo del otro lado de la puerta

"La sola imagen de esa puerta la estremecía; por eso, cuando la imaginó en esa tarde que como el alba grisácea de su locura parecía interminable, sintió como un afán imperioso por vencer esa imagen que era ya, en el abandono total en que vivía, la única posibilidad de un encuentro trascendental; el encuentro consigo misma, con un tigre o con un asesino, con su propio cadáver entregado para siempre, desnudo, a la otra ella que con mano temblorosa abriría la puerta."

Salvador Elizondo, "La puerta", en Narda o el verano.

Por Wimbledon me entero.

viernes, marzo 31, 2006

Yo no soy ese espécimen...

... sino éste. No está muy presentable la foto, pero es lo que tengo a mano, por ahí después la saco y pongo algo como la gente.

jueves, marzo 30, 2006

Donde quieres lo libre soy decasílabo

Onde queres o ato eu sou o espírito, e onde queres ternura eu sou tesão.
Onde queres o livre decassílabo, e onde buscas o anjo eu sou mulher.
Onde queres prazer sou o que dói, e onde queres tortura, mansidão.
Onde queres o lar, revolução, e onde queres bandido eu sou o herói.
"Os quereres", Caetano Veloso.

Escritura automática

Corrijo una entrevista. Mientras tanto, pienso: Tantas horas. Me seco, me deshidrato, sí, como una planta. Bajo la luz artificial, me vuelvo artificial como la luz, plástica, callosa. Pierdo mi permeabilidad a los estímulos, parte de lo que considero que me constituye, la parte de mí que más me gusta. La espontaneidad, la impulsividad: lo humano. Tecleo, suprimo, revuelvo hasta encontrar la palabra justa, recorto, pego, pinto. Un autómata con un diccionario en la cabeza y algunas combinaciones listas para usar.

Y sin embargo

Leo el post anterior (¿post, posteo?, no manejo el dialecto bloggero) y veo que tengo que subir (vi que le dicen “colgar” también) otra cosa enseguida. Probemos con esto.
Cuando leía En el camino, me había dado el raye de escuchar sólo jazz (porque el del libro va de acá para allá, saltando de un club de jazz a otro). Iba los martes al San Martín (ciclo Jazzología), esas cosas. Por ese tiempo debo haber escrito lo que sigue. Lo leo ahora y me parece demasiado pretencioso. Es una mezcla de un viaje en tren a Lobos y algo de música en casa, esa noche o al día siguiente.

Confusión

En la tarde pringosa de abril (había llovido, todavía quedaba mucho por llover) ella escribía como una zombie, quiero decir que dejaba correr los dedos casi sin pensar, escuchaba a Duke Ellington, pensaba (anhelaba) la laguna y las hojas secas mezcladas con barro, que quedan tan bien alrededor de cualquier laguna en abril.
Cuando llegaron a Merlo tuvieron que esperar todavía un buen rato por el otro tren. Se sentaron en los bancos de cemento procurando escaparle un poco al sol y al cansancio. El otro tren parecía más bien un camión, los pastos se movían a los costados, unas vacas también pasaron. Y todavía tener que seguir viajando, ahora en micro, llegamos, llegaron a laguna, que era casi su definición, un charco grande de agua, barrosa a los costados. Digamos que estorbaban un poco para esta descripción un caserío (por llamar de algún modo a cuatro casas y dos negocios, o poco más), no los pocos botes, algunos mareándose sin ganas en el agua casi calma.
La otra se acercó pero ella no la miró hasta que le habló. Se estiró en el pasto, no le temía a la quemazón del sol, le habló de otra mujer que escribía y soñaba con esa laguna, que escuchaba la música, sí, en esa misma laguna la otra, la tercera mujer, digamos, escuchaba jazz y estaba en los dos lados, en el teclado y en el pasto, le picaban las hormigas coloradas y sacudía la pierna y se rascaba después, buscando entre el pasto, blando a causa del agua anterior, el hormiguero para ponerse más lejos. Le habló del hombre que se había acercado al quizás único kiosco cercano para comprar cigarrillos, ese hombre que era de la otra, de la tercera, como dijimos que la íbamos a llamar, tenía ese mismo pelo dorado y fumaba esos cigarrillos todo el día. La tercera tocaba las teclas como un piano siguiendo la música, hacía que el pasto que estaban viendo fuera verde claro, oscuro o amarillo, que la intermitente sombra del sauce la cubriera o que el sol se moviera de golpe un poco más allá para pincharle la cara, como ahora. Era tan triste aunque ahora no parezca, él no volvía todavía, así que no le quedaba más remedio que seguir escuchando la voz de esta otra. Ella, alguien, pensaba que alguna vez debería limpiar las teclas de la computadora. Seguía escribiendo, la canción ya no era la misma, se le quebraba la voz a Ella Fitzgerald como vidriecitos o espejos. Mientras tanto, algunas nubes se hacían cada vez más oscuras, y cuando ya la voz de Ella se rompía del todo, escuchó un trueno, exagerado para tan poca agua. Se inclinó un poco para acariciar al gato, la lluvia corría afuera, del cielo al patio, sin apuro, por ahí más tarde por fin cayera con más fuerza.
Se estremeció cuando él le tocó el hombro. “Te habías quedado dormida”. Se tiró a fumar al lado, silbaba “Sophisticated Lady”. Las primeras gotas empezaron a mojarle la cara, que se había puesto caliente por el sol de hacía un rato. El se fue abajo del techito, a esperar que escampara. Ella se quedó un momento antes de levantarse, sintiendo que las gotas la tocaban con timidez, daban ganas de animarlas a largarse de una vez, que se volvieran chorros, ríos de agua que le empaparan la ropa y la adhirieran a la tierra, la confundieran en un solo barro con el fondo oscuro y fresco de la laguna, la devolvieran a la nada.