Sólo porque me dijeron que no lo iba a hacer resuelvo dejar algunas notas acá sobre Zuckerman encadenado. Tres novelas y una, diría un patagónico, noveleta. En la primera,
La visita al maestro, un escritor joven, Zuckerman, con unos pocos relatos publicados, va a la casa de otro consagrado, Lonoff, de cierta (mediana) edad, al que admira. Ve algo de lo que después elegirá ver (“Así viviré yo”). La jornada siguiente lo encuentra transformado (en la primer página se habla de un bildungsroman, en el resto se despliega). De esta novela me gustó el desencanto de Lonoff, la descripción sin adornos de la tarea del escritor, que descascara la idealización de Z.: Lonoff escribe como empeñado en golpearse la cabeza contra la pared (¿a qué se quiere acceder cuando se escribe?), tarea sin embargo irreprimible y no del todo ingrata (digo “irreprimible” y pienso en
El lamento de Portnoy, que leeré pronto). Me gustó también que Zuckerman idee una breve historia sobre una Ana Frank rediviva, de tintes alucinatorios, porque muestra a un narrador en el momento mismo de crear su ficción (una más: ya la novela se inicia con un escritor que recompone un episodio de sus veinte años a sus cuarenta). En
Zuckerman desencadenado comienza a ser reconocido y lo acosa un admirador algo excéntrico. En el duelo con Pepler el memorioso (un fabulador contra otro) me pareció que a veces caía en redundancias que me hubiese gustado sacudir. Lo mejor está en el final, el desencadenamiento. Así: el precio de la libertad necesaria para escribir es renunciar a padre, madre, mujer, en fin, toda clase de filiaciones, constituirse solo, ya ni siquiera “bastardo” (como lo llama el padre) sino nadie (solo, por lo tanto nadie, aunque el recurso trae sus beneficios: por renombrarse “nadie” Ulises escapó de Polifemo). Es que la filiación exige fidelidad y Z. no puede escribir y ser fiel (¿puede alguien?). En
La lección de anatomía el ya desencadenado Zuckerman clama por cadenas. Ha sobrevenido el dolor, fantasea con dejar de fantasear y volver a la vida rehaciéndose como médico. Hay una puesta en escena acá también de la ficción, actuación en vivo, cuando inventa la farsa del pornógrafo. Decide ser médico en busca de una cura al dolor (¿de escribir?); el pornógrafo que personifica le hunde la cabeza en una lápida (no es metáfora). Renace para cumplir el destino de las novelas que escribirá, aunque busca evadirse “como si aún se considerara capaz de evitar su futuro de hombre aparte y escapar de la obra que era suya”. No mucho que decir de
La orgía de Praga: Z. intenta infructuosamente rescatar los manuscritos de un muerto. Hay otro maestro, distinto a Lonoff (distinto es este Z.); Ana Frank vuelve en una mujer que ya no la representa; soñé con Olga y era de verdad hermosa.