martes, junio 26, 2007

Vos lo dijiste

Franz K. a Milena J.: "¿No te parece que los pobres seres humanos somos cómicos hasta el ridículo?"

domingo, junio 24, 2007

Una visión

Mientras leo, una frase da forma a una imagen y enseguida arrastra otra, recrea un recuerdo. Cierro los ojos para ver mejor. Cuando ya no puedo retener la visión por más tiempo, abro los ojos. Miro las paredes, el papel iluminado. Todo lo que me rodea cobró en segundos un matiz adverso, o quizás algo esquivo de aprehender, como si me hubiese vuelto extranjera. El libro se me hace amargo en las manos y lo cierro. Recién cuando enderezo la boca me doy cuenta de que estuve sonriendo.

Kafka por Janouch

Ayer terminé de leer el libro de Gustav Janouch, Conversaciones con Kafka. Estas conversaciones, como bien señala Leandro, no son, en verdad, diálogos. No hay, mayormente, intercambio. No dejé de tener en cuenta en ningún momento, mientras leía, que las palabras de Kafka son referidas por otro, lo que introduce cierta turbiedad. Aun así se percibe su tono, bastante diáfano -bastante para hechizarme, quiero decir, no sé si bastante en modo general. Janouch captura para sí las palabras del hombre al que idolatra -“No me atrevo a tocar con mis labios el borde que se llevaba a la boca el doctor Kafka”, dice hacia el final, hablando de una taza de porcelana que perteneció al escritor y le fuera obsequiada. Esa admiración, dice, lo llevó a la imposibilidad de leer su obra póstuma. Imagino a Janouch embuchando todas esas palabras dichas, esos trocitos de aire expelidos por Kafka y corriendo enseguida -me acuerdo de una frase de Viñas, “como si transportase el santísimo”- a escupirlos en el papel, antes de que el tiempo tornase infiel el espejo de la memoria. Janouch era muy joven en la época de su trato con Kafka -y es consciente de sus limitaciones-, pero consigue traspasar algunos rasgos valiosos para componer su figura. Tomé varias notas, pero no quiero cansar con mis manías. Quizás les guste saber que en numerosas ocasiones habla de su risa. Describe su postura -me reí imitándolo-, el sonido -“el leve sonido que producen las hojas de papel al agitarlas”. Me gustó especialmente esto: a veces Janouch reproduce un dicho terrible de Kafka y muestra cómo poco después -sin que esto le quite seriedad a lo anterior- forma un juego de palabras y ríe. Ese pasaje de la gravedad a la risa -o esa risa grave- me parece -también en otras personas- admirable, una constatación de su inteligencia.

sábado, junio 23, 2007

¿Qué tal?

La felicidad sólo es una cuestión de orientación. Es decir, quien es feliz no ve el lado oscuro de la realidad. Sus ganas de vivir ahogan el sonido de la martilleante carcoma de la conciencia de la muerte. Olvida que no está caminando, sino cayendo. Va como anestesiado. Por eso resulta casi indecente que alguien nos pregunte cómo estamos. Es de tan mal gusto como si una manzana se dirigiera a otra con la pregunta: “¿Qué tal les va a los gusanos que le entraron a usted por culpa de la picadura de aquel insecto?”. O como si una brizna de hierba le preguntara a la otra: “¿Qué tal se marchita usted? ¿Cómo se encuentra su querida putrefacción?”.

Franz Kafka referido por Gustav Janouch en Conversaciones con Kafka

miércoles, junio 20, 2007

Cómo me hice monja


Impresentables, pero: Paz, Nora, ya saben quién, Thelma

lunes, junio 11, 2007

Irreversible

Cada paso es irreversible. También el que no di. Sin embargo, lo omitido viene a pedirme cuentas, muy de vez en cuando, como un acreedor obstinado pero algo olvidadizo. Es posible que la sospecha de su insensatez lo incite a la pereza.

jueves, junio 07, 2007

Esquizofrenia

¿No es la escritura, al menos ésta, la marca, el sello de la esquizofrenia? Debería decir, si decir es siempre para alguien más, si decir es una ofrenda, un sacrificio: vivo desde la piel y escribo desde los huesos. Y no hay más máscaras en lo escrito que en lo vivido. Ah lo social, aceitado tobogán, telaraña sedosa y tibia. Los huesos en cambio son siempre ásperos, astillosos. Pero me erizo ante la autocompasión y la condescendencia. No. No sufro mi médula pedregosa.

jueves, mayo 31, 2007

Descompresión

¡Cuánto dramatismo por acá! Bailemos.

Notas sobre La pianista

Hace unas horas leí el último tercio de La pianista, donde se desata lo que se venía cociendo. Algunas anotaciones rápidas, sobre la lectura fresquísima: me costó acostumbrarme al uso constante del tiempo presente (hasta en los flashbacks), al fraseo corto. Como si hubiera que leer entre sobresaltos. Es cuestión de dejarse llevar. Me fascinaron algunas imágenes poéticas, me molestó la insistencia para dejar en claro que el sexo de Erika es frío, insensible y cerrado como una piedra, algo que se reafirma cada vez que aparece un nuevo estímulo. La novela parece una fábula sobre el poder. La madre ejerce su poder sobre la hija, hasta que la hija se vuelve y la devora, más o menos literalmente, en la cama conyugal. Erika domina a Klemmer, aunque en superficie parezca lo contrario. Me fascinó verla desplegar su voluntad hasta en el sometimiento. El chico se espanta de tanta fuerza. A él que está acostumbrado a las aguas turbulentas esta mujer le da vértigo. No puedo pensarla como víctima si considero el sadismo de la escena del baño. Y lo que medita Erika al escribir la carta, esa carta que solamente se deja ver entre líneas al lector: “Mientras mayor poder tenga sobre ella, tanto más quedará sometido a su propio arbitrio. Klemmer será su esclavo […] y él creerá que es su amo”. Cuando él la lee, piensa “o sea que, aun siendo su amo, ¿se le escapará y jamás llegará a dominarla?”. El masoquismo subvertido. Enfurecido, Klemmer lastima. Casi sobre el final, se puede leer, como una acusación o un pedido de abrir los ojos: “El mundo, que no está herido, no se detiene”.

Mujeres crueles

El segundo tipo de crueldad, fruto de la suprema sensibilidad de los órganos, sólo es experimentada por seres extremadamente delicados, y los excesos a los que ella les conduce no son sino refinamientos de su delicadeza […]. Ahora bien, es a este segundo género de crueldad al que por lo general se inclinan las mujeres. Estudiadlos bien, y determinaréis si acaso no es el exceso de sensibilidad lo que las conduce a ello. Veréis si no es la intensa actividad de su imaginación, la fuerza de su espíritu, lo que las vuelve depravadas y feroces; también todas suelen ser encantadoras.

Marqués de Sade, Filosofía en el tocador